PP Balears

OPINIONES PP BALEARS

18/03/19
Opinión

UNA PALMA NORMALIZADA ES UNA PALMA BILINGÜE

En las próximas semanas Palma va a experimentar una mutación prodigiosa. De aquí al 26 de Mayo vamos a asistir a una transformación mágica del discurso de algunos políticos. Ustedes estarán pensando en las promesas electorales que, entrados en campaña, nos dedicamos a explicar una y otra vez a quien nos quiera escuchar. Hay quienes optamos por diseñar programas pragmáticos, ambiciosos pero al mismo tiempo pegados a la realidad que nos rodea. Somos conscientes de los recursos que disponemos y preferimos centrarnos en los problemas que sufren los ciudadanos, no en inventar unos nuevos para luego proponer soluciones imposibles. Pero el cambio de discurso al que me refería no es este. Misteriosamente, ustedes van a comenzar a escuchar a algunos políticos de izquierdas y/o nacionalistas expresándose en castellano en sus intervenciones públicas.

Y está bien que sea así. En Palma conviven en el día a día con absoluta normalidad el castellano y el catalán, que yo prefiero llamar mallorquín en justo reconocimiento a sus muchos siglos de singular riqueza lingüística. Esto ha venido ocurriendo desde hace décadas, y cualquier observador imparcial que se acerque a esta realidad sin prejuicios ideológicos la juzgará como manifestación de un enorme patrimonio cultural. Curiosamente, las únicas semanas cada cuatro años en las que nadie discute esta obviedad son las que corresponden a la pre-campaña electoral. Entonces sí parece lógico y admisible dirigirse a los ciudadanos en su lengua materna para solicitarles el voto. Conseguidas esas papeletas, hay políticos que se empeñan, no solo en negar esta evidencia, sino en modificarla cueste lo que cueste.

Durante los últimos cuatro años Cort ha privado a los palmesanos del derecho a recibir la información municipal en las dos lenguas oficiales. Los gobiernos de José Hila y Antoni Noguera se han empleado a fondo en convertir en problema algo que no suscita ninguna confrontación en la calle ni en el día a día de los palmesanos. Al parecer, esa Palma bilingüe que se acepta con naturalidad cuando se trata de pedir el apoyo de los votantes, una vez la izquierda accede al poder se convierte en una anomalía social a corregir como sea desde la Administración. Hemos asistido al espectáculo absurdo de concursos municipales para gestionar servicios públicos esenciales que se dejan de adjudicar, no porque las empresas licitadoras no cumplan los requisitos legales y de calidad exigibles, sino porque no son capaces de demostrar que todas sus comunicaciones internas se realizan en catalán.

Por desgracia, desde un disparate como ese es muy fácil deslizarse hacia la falta de respeto. La última muestra del sectarismo de Cort la pudimos comprobar hace unas semanas con la edición del programa de fiestas de San Sebastián. En un folleto íntegramente en catalán, pero con espacio para dirigirse en lengua árabe a algunos de nuestros vecinos, el equipo de gobierno municipal eliminó hasta la última palabra en castellano.

En los territorios con dos lenguas oficiales, el uso de una lengua no se puede defender menospreciando, en este caso desde el Ayuntamiento de Palma, a los ciudadanos que se expresan en la otra que, precisamente, nos hermana con el conjunto del Estado y, por tanto, constituye uno de los principales ejes vertebradores de nuestra sociedad pues garantiza la comunicación y el entendimiento de todos y cada uno de los españoles en cualquier lugar de la geografía de nuestro país.

Tenemos dos lenguas, igual de queridas, igual de respetadas, y no se puede promover una degradando a la otra. Si ese fuera el camino correcto, el de la ingeniería social, correríamos el riesgo de enfilar una senda peligrosa hacia la segregación con ciudadanos de primera y de segunda según la lengua que empleen en su vida cotidiana o a la hora de dirigirse a la Administración. Por eso, alguna reflexión cabría esperar por parte de los que se autoproclaman como defensores máximos, y casi únicos, de nuestras raíces.

La lengua entendida exclusivamente como herramienta de construcción nacional, o como excusa para la transmisión de una ideología, por respetable que esta sea, deja de ser un elemento de cohesión en una sociedad plural, para convertirse en un foco de disputas. Eso es exactamente lo contrario a lo que yo entiendo que debe representar la política: la construcción de espacios de convivencia, sin adoctrinamientos ni imposiciones que coarten la libertad individual para expresarse en la lengua que cada uno elija. Una sociedad que se autodefine moderna, libre y plural necesita de unos cimientos sólidos que hay que fortalecer a diario pues corren el peligro de resquebrajarse a la mínima ocasión en el preciso momento en que la Administración irrumpe en el ámbito privado de cada ciudadano y le impone, por ejemplo, la lengua en la que tiene que hablar, pensar o escribir. Este es un riesgo cierto, latente, para el que sólo existe un remedio posible: la fuerza de la democracia y el sentido común.

Por eso, si después de las elecciones municipales de Mayo los palmesanos deciden con su voto que yo sea su próximo alcalde recuperaré los premios Ciutat de Palma en castellano, porque eso es fomentar la riqueza cultural de una ciudad bilingüe. Contestaremos a los ciudadanos en cualquiera de las lenguas oficiales en que se dirijan a la administración municipal. Y como sucedió en mi mandato como alcalde en el periodo 2011-2015, el catalán volverá a ser sencillamente un mérito para la inmensa mayoría de funcionarios y pasará a considerarse un requisito para el resto, cuya función implique una relación directa con la ciudadanía.

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, normalizar significa “regularizar o poner en orden lo que no lo estaba”. O también “hacer que algo se estabilice en la normalidad”. En el siglo XXI, una Palma normalizada es una Palma bilingüe, también en Cort.